Haciendo el oso

Ucrania, sin ser un país popular en el concierto de las naciones, se ha caracterizado como uno de los destinos más concurridos y sorprendentes de Europa Oriental. La versatilidad de su territorio despliega un mosaico de ciudades vibrantes, valles sinuosos, laderas arboladas, fortalezas, castillos antiguos, monasterios e iglesias ortodoxas, el sello de garantía de su producto turístico, auténtico y encantador. Esta singular propuesta le ha permitido pasearse por los escalafones principales de la industria. En 2019, antes de la pandemia, se ubicó en el top de los treinta mayores mercados a nivel mundial, al recibir trece millones 500 mil turistas, representando esta cifra, incluso, tan solo la mitad de los que recibía, con dígitos ascendentes, hasta 2013.

Fue, precisamente, en noviembre de ese año cuando estallaron las manifestaciones en contra del presidente Yanukóvich, por haberle dado la espalda al discutido proceso de asociación con la Unión Europea liderado por su antecesor, revueltas que terminaron con su dimisión meses después. En medio del caos, Rusia se apropió de la península de Crimea, bajo el beneplácito internacional, se profundizó la polarización política en el país y se abrió un nuevo capítulo en su conflicto civil interno, que, hoy, alcanza las dimensiones de una dolorosa guerra de agresión. Desde esa época se desdibujó el mercado turístico y la actividad se ralentizó.

A Ucrania le ha costado llanto, dolor y sangre descubrir su identidad como nación, un propósito enredado en el mar de presiones que alimentan las influencias, rusa, por un lado, y de los países occidentales, por el otro, y cuyos intereses políticos, militares, económicos y territoriales victimizan a toda la población, independiente de su origen étnico. Sin embargo, lo que tiene bien definida es su variopinta apuesta turística, en la que se empaqueta una antiquísima mixtura de historia, cultura y tradiciones, heredadas de ambos lados de sus fronteras.

De tiempo atrás ha sido priorizada en el radar de los viajeros asiáticos y europeos, dado su valorado patrimonio, pero escasamente se le conoce por estos rincones del planeta. Tal y como ha sucedido con Colombia, su nombre se le asocia y referencia más con sus recurrentes conflictos, que con la calidad de sus atractivos. Los titulares de prensa raramente la excluyen del agitado temario político, y la razón radica en que carga con un extenso expediente plagado de tragedias, guerras y divisiones nacionalistas, tanto previas, como posteriores a su sobresaltada, y ahora fracturada, independencia en 1991, que la graduó como nación soberana.

Ucrania abarca una extensa y fértil superficie plana de seiscientos mil kilómetros cuadrados (su pico más alto llega a 2.000 metros), sobre los que desgrana un amplio espectro de actividades turísticas, muchas de ellas con acceso vedado en los últimos años, por estar dispuestas en regiones azotadas por los enfrentamientos separatistas. La irrupción armada, ordenada por el presidente Putin, pone candados a toda la propuesta turística y, de paso, le vuelve a meter miedo a esta industria en el plano global, en momentos en los que la reactivación muestra señales de avance.

Faltará esperar que la aventura imperialista del presidente ruso tenga pronto y celebrado desenlace y que el conservado patrimonio natural y cultural de este país, que el año pasado sumaba cuarenta y dos millones de habitantes, salga indemne del salvaje ataque. El turismo internacional reclama los boscosos parques y reservas naturales que recrean su territorio, y los serpenteantes desfiladeros de los montes Cárpatos, hábitat de osos pardos y gamuzas, colmados de centros turísticos y rebosados de ciclistas, senderistas, esquiadores y amantes de sus manantiales de aguas curativas.

El regreso a la normalidad permitirá revivir el ímpetu y la fascinación de su ramillete de ciudades. Kiev (en ucraniano: Kyiv), su capital, la más sobresaliente, con su arquitectura ecléctica y su calle principal, Kreschatyk, de las más anchas del mundo, siempre viva, al ritmo de los músicos callejeros, los cafés y las elegantes heladerías. Y Járkov, la universitaria, la antigua y evocadora capital que tuvo el país durante los primeros años de la Unión Soviética. Las dos, las más representativas y por estos días bajo el acecho de las tropas del Kremlin

También, Lviv, la más occidental de todas en su arquitectura y en su ambiente, de bellas calles y un centro histórico protegido por la Unesco; Odessa, la “Ibiza” ucraniana y el puerto más grande del país sobre las costas del Mar Negro; Chernivtsi, la ‘Pequeña Viena’ por su patrimonio arquitectónico de la época del Imperio Austro-húngaro y el ambiente vienés de sus cafés, y Kamianets-Podilskyi, una vieja urbe asentada sobre la garganta del río Smotrych, detenida en el tiempo, al que resiste con sus fortalezas en ruinas y sus palacios decrépitos

Tras la invasión rusa, el turismo se privará por un tiempo de la maravillosa y genuina diversidad que encierra Ucrania, uno de los países más seductores y baratos del mundo. El mismo que impresiona por la calidad de su propuesta turística y por la perseverante amabilidad de sus habitantes, pese a las profundas dificultades que padecen. Pasada la tormenta se recobrará su magia, perdida por la acción imperialista de un gigante que, literalmente, viene haciendo el oso.

En campo ajeno. Por su conocimiento del sector turístico y su disposición de darle impulso para priorizar la actividad como factor de desarrollo, una buena opción para este domingo es la dupla Jorge Enrique Robledo, por la Consulta Centro Esperanza, y Darío Angarita Medellín, número 29 en el tarjetón para el Senado, de la Alianza Verde Centro Esperanza. Angarita tiene un interés especial para los pensionados y es su disposición de proteger y restituir las conquistas alcanzadas, tema sin dolientes en el Congreso de la República, donde se discutirá la reforma pensional que formalizarán los fondos privados.

 

Gonzalo Silva Rivas

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