Portugal: Lisboa a toda costa.

Un road trip a ritmo de playas, caracoles, y percebeiros para descubrir el litoral que rodea esta ciudad.

 

SETÚBAL: SABORES Y RECUERDOS

Avanzando hacia el norte por el litoral, dejando atrás la Reserva Natural do Estuário do Sado se llega hasta el Parque Natural de Arrábida; dando un gran salto, pero sin pasar por alto Setúbal. Disponer de tiempo y detenerse para visitarla es descubrir el encanto, porque lo tiene, de esta ciudad que recuerda a la Lisboa de años atrás.

Para analizar las cosas desde una buena perspectiva pocos lugares hacen justicia al fuerte de San Felipe, cuyos orígenes se remontan al S XIV. No está de más darse un paseo por el Mercado do Livramento, donde se puede repostar la despensa del vehículo con lo más fresco de la gastronomía local lusa. Pescado del día, quesos artesanos de Azeitao y lo mejor de la huerta son algunos de los productos que ofrece este carismático mercado, rosa por fuera, tapizado de azulejos por dentro. Antes de partir con el estómago vacío, sirva el barrio da Fonte Nova, hogar de pescadores y territorio de sardinas, para disfrutar de una buena comida.

 

LAS JOYAS PLAYERAS DE ARRÁBIDA

El Parque da Arrábida embelesa por sus frondosas colinas, sus escarpados acantilados y por sus sus playas idílicas. Su modo de empleo es sencillo, o bien se desgastan las suelas recorriendo sus decenas de senderos o bien se procrastina en sus arenales inmaculados. A día de hoy sigue siendo un reducto natural donde se aglutinan muchas de las playas más bellas del país luso. Entre ellas, Galapinhos, un fijo en los rankings de todo el mundo por el contraste de su arena blanca como la harina con las aguas cristalinas.

También merece una visita la Praia do Creiro. Esta con repostaje en Anicha-Bar, el chiringuito que hay a la entrada. Porque nunca se dice que no a una Super Bock con unos buñuelos de bacalao. Y si se quiere pernoctar en la zona, la Praia da Figueiringa y la de Creiro cuenta con zonas de aparcamiento con diferentes equipamientos.

 

TODO PUEDE PASAR EN LOS 30 KM DE PLAYAS DE CAPARICA

La aventura continua por la costa de Caparica, donde el día se pasa volando. Allí se encuentra la Arriba Fóssil da Costa de Caparica, una sucesión de estratos de rocas sedimentarias, similares a las de Galé-Fontaínhas. También, a lo largo de sus 30 kilómetros de costa, hay escuelas de surf y tiendas de alquiler. Pegado a la playa, al final de la carretera principal de Aroeira, está Retiro do Pescador, donde sirven un arroz con marisco de chuparse los dedos y unas coquinas que desaparecerán del plato. El atardecer desde esa playa es, además, de postal.

Acorde con el itinerario, toca dirigirse al norte, no sin antes hacer una parada en O Dias dos Caracóis, una animada casa especializada en caracoles. Los venden crudos y cocinados, y no paran de despachar a los que los compran para llevar o los que deciden comerlos en su terraza. No hay que esperar grandes lujos, aunque el sitio es peculiar, tiene bastante encanto.

 

REGATEAR LISBOA HASTA LLEGAR A GUINCHO

Cruzando el Puente 25 de Abril, el vigésimo séptimo puente colgante más grande del mundo, dejando de lado Lisboa se llega a Cascais, donde se puede hacer noche. Conectada por una senda ciclista, siguiendo la costa, seis kilómetros al norte, a los pies de unas dunas maravillosas, aparece desafiante Praia do Guincho. Un paraíso kitesurfero como pocos, que atrapa, y que cuentan con parking para furgonetas y autocaravanas en el que quedarse, por si resulta demasiado duro marcharse.

 

EL FIN DEL MUNDO… DE VERDAD

Aunque los romanos declararon el cabo Finisterre como el fin del continente europeo hace cientos de años, es el Cabo da Roca el que ocupa esa posición. Desviarse en el camino para verlo y admirar su panorámica es de manual. Además, está cercano a preciosas playas como la tan fotografiada Praia Ursa. No muy lejos de ella, la Praia da Adraga, con una imponente pared que la oculta y formaciones rocosas que dibujan paisajes sacados de Juego de Tronos. Este enclave se convierte una muy buena parada en el camino tanto para un pícnic en la arena, como para una cominola en la terraza de su restaurante.

 

PLAYA-PUEBLO-ACANTILADO

Serpenteando la carretera costera aparece Azenhas do Mar, un rincón que roba el corazón a cualquiera que lo cruza. Parece haber sido tallado en la roca del acantilado en el que se posa y a sus pies una acogedora playa con piscinas excavadas en la piedra. Justo en lo alto está el restaurante Azenhas do Mar. Con unas vistas espectaculares al mar, donde sirven buen pescado y marisco local, como la popular Zapateira Recheada (buey de mar relleno) o percebes pescados por el mismo dueño en sus costas. Pero él no es el único que se busca la vida -en cierto modo- como percebeiro. No es de extrañar que, a lo largo de estos acantilados, uno se tope con locales ataviados con su atuendo de pescar, encaramados a las rocas en busca de percebes y otro marisco que encuentren. Con suerte comparten un puñado de su captura y con eso el aperitivo ya estaría.

 

EL PAISAJE CAMBIANTE DE MAGOITO

El periplo termina en Praia do Magoito, un rincón inolvidable. La postal desde la pasarela que conduce a la playa es realmente espectacular. Caminar a lo largo de orilla, a la par que se estrecha la costa y se arrima a los altos peñascos que hacen de acantilados es abrumador. Un enclave al que acudir, antes de que se ponga el sol, para contemplar lo que las mareas hacen en Portugal y el Atlántico con el transcurrir del tiempo y admirar como el acantilado que antes era ocre ahora es azul.

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