Centro América: Los gigantes de Costa Rica

Más allá de las playas y las selvas, este país centroamericano presume de tener una relación muy estrecha con sus volcanes.

La tragedia de 1968

LA TRAGEDIA DE 1968

Siendo niño, José Rafael Soto Hidalgo madrugaba todos los días para llevar comida a sus hermanos mayores, que trabajaban en la otra orilla del río Tabacón. Pero el amanecer del 29 de julio de 1968 no fue como los otros:“Cuando cruzaba el bosque cada mañana el ruido del avión era mi reloj. Ese día sonó más fuerte. Creí que me había retrasado, porque siempre lo escuchaba más adelante del camino, así que eché a correr. Al atravesar el río Tabacón noté el agua caliente, pero no me paré. Encontré a mis hermanos muy asustados. Me preguntaron qué sabía del volcán, pues habían oído un fuerte retumbo. Regresamos corriendo al pueblo. Lo encontramos todo destruido, no quedaba nada de la casa. Mi papá y mi mamá habían muerto”.

 

42 años de gran actividad

42 AÑOS DE GRAN ACTIVIDAD

El Cerro Arenal, que llevaba más de cuatro siglos dormido, se había despertado de golpe. Su violenta erupción causó al menos 87 muertos y la pérdida de unas 45.000 cabezas de ganado. Dos días después, una nube ardiente mató a ocho personas que acudían en dos vehículos para prestar ayuda. Desde entonces el Arenal es uno de los volcanes más activos de Costa Rica. Hasta 2010, cada noche se podía contemplar la lava manando ladera abajo. Hasta aquella trágica jornada, el Arenal era un cono de 1670 m que no podía competir en actividad ni en altura con los grandes volcanes de la cordillera Central, más próximos a la capital: el Poás, el Irazú y el Turrialba. En un mapa vemos que estos tres gigantes pueden unirse con una línea recta. Si prolongamos esa línea hacia el norte, enlaza directamente con el Arenal y luego con los volcanes de Santa María y el Rincón de la Vieja, que también se mantienen en actividad.

 

La teoría de Humboldt. El tres en raya de los volcanes

EL TRES EN RAYA DE LOS VOLCANES

En su viaje por Sudamérica a inicios del siglo XIX el gran explorador y geógrafo Alexander von Humboldt se preguntó por qué extraña razón los cráteres de los volcanes parecían jugar al tres en raya. Un siglo después, Alfred Wegener afirmó que los continentes se desplazan como icebergs sobre el mar. Hoy sabemos que la teoría de Wegener era cierta: la corteza de la Tierra está fragmentada en grandes placas y a lo largo de esas fisuras tienen lugar los terremotos o emerge la lava de las profundidades. Entre las fisuras, el lecho de los océanos se desliza como esas cintas transportadoras de los aeropuertos y con su movimiento arrastra los continentes, que se alejan o se acercan entre sí. La costa del Pacífico en América Central coincide con una de esas grandes grietas submarinas. Allí la placa de Cocos que empuja hacia el este se topa con la placa del Caribe y se incrusta debajo de ella. En esa fisura activa brotaron los grandes volcanes de Costa Rica formando la columna vertebral del territorio.

 

Minifundios en el trópico

MINIFUNDIOS EN EL TRÓPICO

Al pie de esas cumbres que todavía humean suavemente se encuentra San José, la capital del país, en una altiplanicie con un clima muy benigno. Las dulces temperaturas (mínimas de 15 ºC y máximas de 26) y las lluvias regulares (algo más de mil litros al año) son un privilegio en el trópico. A eso se añade el poder fertilizador de las cenizas volcánicas, ricas en potasa y otras sales minerales, que en zonas cálidas y húmedas actúan como un abono caído del cielo. En el siglo XIX, al vislumbrarse el potencial económico del cultivo del café, se ofrecieron tierras gratuitas y semillas a los campesinos. Con ello la meseta central se fue convirtiendo en ese mosaico de pequeñas explotaciones que todavía puede contemplarse hoy. Los cultivos se han diversificado, pero lo más notable es que la mayoría de agricultores son dueños de su tierra y viven en ella.

 

Un vergel agrícola

UN VERGEL AGRÍCOLA

En cuanto se abandona el aeropuerto llaman la atención las grandes mallas negras que sombrean los cultivos de flores tropicales, como las orquídeas, las heliconias y la flor ave del paraíso. El mango, la papaya, la fresa, la granadilla, el pejibaye, el zapote y la anona, una variedad de chirimoya, son algunas de las frutas del edén costarricense. El arroz, las alubias rojas y la col cruda en ensalada no suelen faltar en ninguna comida y se cultivan con profusión. Las vacas holstein, de pelaje blanco y negro, o las jersey, anaranjadas, pastan en las verdes laderas de los volcanes Irazú y Barva dando un aspecto equívocamente suizo al paisaje. Más insólitas son las granjas de mariposas, cuyas larvas se exportan a Occidente. Otras veces las mariposas pueden admirarse bajo enormes cúpulas de malla, como en los jardines de la Catarata de La Paz.

 

Los cráteres escalonados de Irazú

LOS CRÁTERES ESCALONADOS DE IRAZÚ

En marzo de 1963, coincidiendo con la visita del presidente Kennedy, el volcán Irazú (3432 m) tuvo su última gran erupción, que se prolongó durante dos años y cubrió la meseta central con una generosa capa de cenizas. De hecho, los aldeanos solían caminar con paraguas para protegerse de esa pertinaz lluvia mineral. Unas trescientas viviendas se vinieron abajo por el peso acumulado en sus techumbres. El río Reventazón, que desagua la meseta rumbo al Caribe, se desbordó varias veces ante lo copioso de los sedimentos. El Irazú, el mayor volcán de Costa Rica, ahora solo presenta fumarolas activas y un autobús deja a los pasajeros a corta distancia de la cumbre. Tiene tres cráteres escalonados, dos de ellos ocupados por hermosas lagunas. En un día claro, desde su cima pueden observarse los dos océanos que bañan el país. Pero eso solo suele ocurrir en la estación seca. El resto del tiempo, el Irazú ofrece una cima fría y ventosa por la que desfilan las nubes.

 

El rejuvenecido Turrialba

EL REJUVENECIDO TURRIALBA

El vecino Turrialba (3329 m) parece denominarse así por el penacho blanco que a menudo lo corona (“torre alba”). Su última gran erupción fue en 1866, a lo que siguió un largo periodo de calma. Pero a partir de 2003 se incrementó notablemente su actividad y en estos últimos años es habitual que arroje nubes de gases e incluso de cenizas. Para acceder a su cumbre se requiere usar un vehículo todoterreno o realizar una larga excursión.

 

La caldera del Poas

LA CALDERA DEL POAS

El cráter del Poás (2704 m) es el más visitado de Costa Rica. Una carretera asfaltada se encarama casi hasta la cima. Desde allí un corto paseo hasta un mirador permite contemplar una enorme caldera que aloja un lago burbujeante de color turquesa lechoso. Los vapores de azufre ambientan el lugar. No está permitido descender al lago, pues a veces lo envuelven gases tóxicos. En la estación húmeda –de mayo a noviembre¬– es mejor acudir temprano pues las nubes aumentan conforme se fragua el aguacero vespertino. Cerca se encuentra un cráter secundario ocupado por el lago Botos, de un precioso verde esmeralda. El sendero discurre por las brumosas crestas y permite descubrir los colibrís libando el néctar de las flores selváticas.

 

Esperando el fin del mundo el en río Tabacón

ESPERANDO EL FIN DEL MUNDO EL EN RÍO TABACÓN

Para contemplar el esbelto Arenal basta con tener una habitación con vistas en la aldea de Fortuna, a escasa distancia del cono, y sentarse por la noche en la terraza o en plena calle. Las aguas del río Tabacón que sorprendieron al niño José Rafael en aquella trágica mañana siguen bajando calientes. Un resort con spa de lujo (Tabacon Hot Sprins) y otros más austeros permiten disfrutar de sus cascadas y pozas entre el gris basalto, en medio de una lujuriante vegetación. El agua está tan caliente que solo cuando se supera la primera impresión es posible entregarse a la experiencia. Relajados dentro de ese río termal todas las preocupaciones se disipan. Aunque quién sabe: ¿y si el agua aumentara poco a poco de temperatura sin que nos diésemos cuenta a tiempo?

 

Entre el purgatorio y el paraíso

ENTRE EL PURGATORIO Y EL PARAÍSO

El volcán que sembró la muerte hace ya casi cuatro décadas es ahora una fuente de riqueza y un foco de atracción. Y así sucede también con sus hermanos de la cordillera Central. Ellos captan el agua de las nubes, que se enredan en sus cortinajes pétreos, y revitalizan el suelo con sus cenizas, configurando un paisaje extraordinario. Puede verse como un paraíso o como un lugar donde ganarse el pan con el sudor de la frente, aunque a menudo se trata de ambas cosas al mismo tiempo. Pura vida, como les gusta decir a los costarricenses.

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